Venezuela, en mi ADN y en mi memoria

Esa Venezuela de oportunidades se diluyó en un modelo populista y socialista que convirtió la riqueza en miseria, la esperanza en huida, y el talento en exiliado

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Foto: Europa Press/ Jesus Vargas/Dpa

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? Nací en Caracas. Lo repito con orgullo y con una punzada que mezcla melancolía y rabia contenida. Soy español y venezolano. Fruto de una de esas muchas migraciones que tejieron puentes entre Galicia y América Latina, en especial con esa tierra que un día fue próspera, moderna y acogedora, y que hoy apenas resiste entre ruinas, corrupción y exilio.

Mi historia no es única, pero sí profundamente personal. Mis padres, gallegos de pura cepa, como tantos otros, buscaron en Venezuela una segunda oportunidad. Y la encontraron. Caracas era, en aquel entonces, una ciudad de futuro, de movimiento, de promesas cumplidas. Allí vine al mundo, en una Venezuela que, aunque ya mostraba señales del rentismo crónico, aún respiraba vida, libertad y esperanza. La educación, el trabajo y el ascenso social eran posibles. Lo vi. Lo viví.

Pero hoy, Venezuela duele. Y me duele.

Porque a pesar de poseer las mayores reservas de petróleo del planeta, de ser el octavo país en reservas de gas y el segundo en reservas de oro en toda América, el 80 % de su población sobrevive en la pobreza. Porque esa Venezuela de oportunidades se diluyó en un modelo populista y socialista que convirtió la riqueza en miseria, la esperanza en huida, y el talento en exiliado. La mala gestión, primero paternalista y luego brutalmente autoritaria, arrasó con la base productiva del país, aniquiló la meritocracia y sembró la dependencia como doctrina de Estado.

Y, sin embargo, yo no puedo ni quiero renunciar al cariño que le tengo. Sería como amputarme un brazo. Venezuela es parte de mi identidad, de mis recuerdos familiares, del relato que me forjó como hombre y como empresario. Forma parte de mi acento emocional.

Por eso sigo con atención todo lo que le ocurre. Y por eso también, al leer informes como el que compara su gestión petrolera con la de Noruega, uno no puede evitar preguntarse qué hubiera sido de ese país si se hubiera apostado por el ahorro, la inversión, el largo plazo y la responsabilidad fiscal en lugar del despilfarro, la improvisación y el clientelismo. Mientras Noruega guarda sus ingresos en un fondo soberano que genera 238.000 millones de dólares solo en intereses —con el que podría mantener a toda su población sin trabajar—, Venezuela acumula una deuda impagable de 190.000 millones y un pueblo empobrecido y dividido.

No se trata de comparar por comparar. Se trata de señalar un camino. Una vía de redención posible. Porque Venezuela puede —y debe— volver a ser. No por nostalgia. No por romanticismo. Sino por justicia histórica y por respeto a todos los que, como mis padres, le entregaron sus mejores años.

La tierra que me vio nacer no necesita caridad, ni misas de difuntos. Necesita ideas claras, instituciones fuertes y una sociedad civil que diga “basta”. Un cambio profundo, estructural y meritocrático. Y mientras eso ocurre, los que nacimos allí y también aquí, tenemos la obligación moral de no olvidar.

Porque Venezuela no solo es un país. Es una herida abierta en el corazón de millones de personas como yo.

¡Se me tecnologizan!

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