El empleo no cabe en un vídeo

Un Gobierno responsable debería conformarse con explicar que el mercado laboral mantiene el pulso, que hay elementos favorables y que persisten debilidades estructurales

captura del tweet de Pedro Sánchez con el video en el que habla de los 22 millones de afliados

El problema no es que el dato de empleo de marzo sea malo. No lo es. El problema es la forma en que el Gobierno ha decidido contarlo o, más exactamente, celebrarlo. Porque una cosa es que España siga mostrando un mercado laboral con capacidad de creación de empleo y otra bastante distinta convertir un dato estadístico en una pieza de propaganda tan impaciente que ni siquiera espera a que el dato oficial complete su recorrido antes de ser envuelto en épica, camiseta y consigna.

La escena dice bastante. Un presidente del Gobierno enfundado en una camiseta de la selección con el número 22 para celebrar que España “alcanza los 22 millones de empleos” no está explicando un dato: está haciendo relato. Y, como tantos otros relatos políticos, acaba sustituyendo la explicación por el eslogan. Porque los 22 millones existen, sí, pero en la serie desestacionalizada. En la afiliación media observada, la cifra se queda por debajo. No es una mentira en sentido estricto. Es, simplemente, una verdad seleccionada con criterio escénico.

Eso no invalida el dato. Lo que invalida es la sobreactuación. Marzo fue un buen mes para el empleo, pero también un mes claramente empujado por el calendario. La hostelería tiró con fuerza por el efecto del puente y de la Semana Santa, y los servicios volvieron a actuar como colchón estacional. Es decir, hay crecimiento, pero también contexto. Y lo razonable sería gobernar con un poco más de prudencia analítica y un poco menos de entusiasmo audiovisual.

Tampoco todo es maquillaje. Sería absurdo negar que España ha ganado empleo en los últimos años o que la afiliación está en niveles históricamente altos. Como también lo sería no reconocer que la temporalidad agregada ha bajado respecto a los niveles previos a la reforma laboral. Algo ha cambiado. El problema es que no todo lo que mejora lo hace con la misma intensidad. Porque cuando uno rasca bajo la cifra celebrada aparece una realidad menos triunfalista. España sigue siendo una economía con mucha rotación, con una dependencia excesiva de sectores estacionales y con una calidad del empleo que no siempre acompaña al volumen de empleo creado. La mejora del stock convive con una dinámica laboral todavía demasiado apoyada en entradas y salidas, contratos que duran poco, búsquedas continuas de mejores condiciones y trayectorias laborales que, para demasiada gente, siguen siendo más frágiles de lo que sugiere la propaganda oficial.

También convendría introducir algo de honestidad en el debate sobre el paro. El paro registrado no agota toda la holgura laboral y hace tiempo que sabemos que deja fuera situaciones que no encajan bien en el relato autocomplaciente. Pero eso tampoco autoriza a convertir cualquier estimación ampliada en una especie de “verdadero paro oculto” incontestable. Si el Gobierno simplifica para celebrar, parte de sus críticos simplifican para demoler. Y entre una cosa y la otra, lo que desaparece es el análisis.

Porque el verdadero problema español no es si el presidente puede ponerse una camiseta con el número 22 sin hacer demasiado el ridículo. El verdadero problema es que seguimos demasiado pendientes del titular mensual y demasiado poco atentos a las preguntas importantes: qué productividad sostiene ese empleo, qué salarios lo acompañan, qué sectores lo generan, qué estabilidad ofrece y cuánta gente necesita seguir buscando algo mejor aun estando ya ocupada.

Por resumir: el empleo no va mal, pero tampoco va tan bien como para convertir cada dato positivo en una ceremonia de autocelebración. La economía seria exige algo más de contención. Un Gobierno responsable debería conformarse con explicar que el mercado laboral mantiene el pulso, que hay elementos favorables y que persisten debilidades estructurales. Pero eso, claro, luce bastante menos que un vídeo en redes y una camiseta de la selección.

Al final, el problema no es que nos quieran vender optimismo. El problema es que nos lo quieran vender como si el país no supiera ya distinguir entre una mejora real y una campaña de marketing. Que piensan, en definitiva, que somos como ellos.

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