Cuando consumir significa destruir

En los sistemas circulares, no lineales, todo tiene más lógica, como por ejemplo que los desperdicios de un sistema sean la energía del siguiente

Los denominados 'rebuscadores' de la basura observan cómo el humo sale del vertedero de Perungudi después de que eun gran incendio un par de días antes, en Chennai, India, el 29 de abril de 2022

Los denominados ‘rebuscadores’ de la basura observan cómo el humo sale del vertedero de Perungudi después de que eun gran incendio un par de días antes, en Chennai, India, el 29 de abril de 2022. Foto: EFE/EPA/IDREES MOHAMMED

Nuestra cultura es la del consumo, la de “usar y tirar”, sobre todo tras el fenómeno del urbanismo y el crecimiento de la población humana, después de la Segunda Guerra Mundial. Como fácilmente se podrá entender, este comportamiento tiene los días contados, ya que no hay recursos infinitos o que duren eternamente. En cambio, la naturaleza y su manifestación en forma de vida lleva millones de años aprovechando todos sus recursos, sin “tirar” nada; mientras que el consumo, mejor dicho la cultura del consumismo, va en contra de ese modelo natural. De hecho, estamos abandonando el medio natural, la llamada biosfera, y reubicándonos en el mundo que hemos construido, la llamada “tecnoesfera”, constituida por todo lo artificial que hay en la Tierra. No es que sea malo construir cosas, pero hay que hacerlo de forma inteligente y sostenible.

En cambio, el sistema económico a nivel mundial funciona de modo lineal, basado en el consumo de productos, que producimos extrayendo recursos del medio natural; productos que después compramos, usamos y tiramos. De hecho, la palabra consumidor significa “el que compra, agota, desgasta”. Todo en la naturaleza da algo a cambio de lo que se necesita, menos nosotros, que además consumimos a escala gigantesca, lo que nos está llevando a alcanzar los límites de un planeta finito, sin darnos cuenta que nosotros pertenecemos también a ese sistema que es la Tierra donde habitamos. Algo que sabemos pero que hemos olvidado, sobre todo desde que hemos emprendido la búsqueda de la llamada “modernidad”, ya que antes se reutilizaban y/o aprovechaban mejor los recursos (como cuando los romanos construían sus casas o infraestructuras aprovechando los materiales de otras obras que ya no les servían); mientras que ahora impera la novedad frente a la obsolescencia.

La llamada “economía circular” mantiene todo dentro de un bucle, sin tirar nada, sin dejar residuos, por lo que así se pueden utilizar los recursos durante mucho tiempo

En los sistemas circulares, no lineales, todo tiene más lógica, como por ejemplo que los desperdicios de un sistema sean la energía del siguiente, estando interrelacionados en círculos superpuestos. La llamada “economía circular” mantiene todo dentro de un bucle, sin tirar nada, sin dejar residuos, por lo que así se pueden utilizar los recursos durante mucho tiempo. Así también estaríamos imitando el comportamiento natural, donde no se desperdicia nada. En base a esta circularidad, la naturaleza ha producido y sigue produciendo recursos de manera continua, algo que nosotros no hemos sabido hacer y hemos preferido la linealidad de extraer, producir, vender, comprar, usar y tirar, agotando así desde los bosques a la pesca, el agua, la biodiversidad, etcétera. Por tanto, necesitamos replantear este sistema lineal por uno circular para que nuestra tecnoesfera sea igual o parecida a la biosfera, para que esos recursos circulen y no se agoten.

Los ejemplos de esto son muchos, desde materiales de construcción, ropa, comida, plásticos, etcétera. Hace ya unos cuantos años leí un libro que debería formar parte de la educación básica; su título es De la cuna a la cuna. Rediseñando la forma en que hacemos las cosas, publicado en 2002 por Michael Braungart, químico-ecologista y exmiembro de la organización mundial Greenpeace, y William McDonough, arquitecto-paisajista. En el mismo, abordan otra forma de interpretar la consigna principal ecológica o “Regla de las tres erres”: reducir, reutilizar, reciclar; proponiendo un cambio de enfoque: de la cuna a la cuna, dando a entender que nuestro modus operandi actual es de la cuna al cementerio, pero que todo se puede inscribir en un sistema de reutilización.

Reutilizar o regenerar significa que podemos utilizar las cosas durante mucho tiempo. Renovar o reacondicionar es arreglar las cosas para utilizarlas de nuevo. Reciclar es que algo ya no sirve y hay que encontrar formas nuevas de utilizar ese material. Y supraciclar significa que el valor de un objeto en su vida anterior será superior en la siguiente. Pero nos hemos pasado al modelo de usar y tirar, en lugar de tener la mentalidad de que lo que compramos debería formar parte de un circuito o sistema de economía y de consumo que tendría que ser de “cero residuos”.

Imitar a la naturaleza, en eso consiste la circularidad. Para lo que hay que hacer un replanteamiento general, incluido el reciclaje actual (que no funciona, pues todo lo que tiramos se envía como basura a depósitos, como demuestra que solo el 10% del plástico se vuelva a utilizar). Si queremos seguir viviendo en este planeta, tenemos que ser conscientes que todo está aquí, que es como un gran contenedor y que por mucho que queramos esconder “el polvo debajo de la alfombra” al final estamos viviendo con ello. Por muy lejos que enviemos nuestros desperdicios (a países como Tailandia, Vietnam, Filipinas o Ghana) eso no evita que terminen afectando a nuestras vidas, pues el sistema planetario es único y todos vivimos en el mismo. Las cosas que tiramos no desaparecen, quedan y están todas dentro del sistema. Contaminar un lugar o país es hacerlo también con el resto del planeta, pues la basura termina llegando a cualquier parte del mismo, como se ha demostrado con los plásticos encontrados en los fondos marinos abisales; y lo mismo se puede decir de las deforestaciones e incendios, o de esquilmar el mar y contaminarlo, de la extinción de especies, etcétera. Además, todo es valioso, por lo que también por eso debemos recuperar y transformar nuestros residuos y no tirarlos, eso es lo que hace la vida.

Según Arthur Guang, arquitecto e innovador de la economía circular, reciclar no funciona, porque nadie genera un nuevo deseo por el material reciclado. Hay que transformar lo que se produce y deja de usarse en algo útil y bello, con posibilidad de más vidas. Como en el caso de las tapas de plástico para el café, que se emplean mucho en los “fast foods” y en EE.UU. en general; solo tienen un uso muy limitado, pero con ellas se puede construir un sillón y este puede valer después para material de construcción. Es decir, de los 5 minutos escasos que hemos usado una tapa de plástico como esa, pasamos a entre 5 y 25 años de la vida de un mueble, y de esta a unos 50 años como material de construcción. Esto es circularidad y lo que hacemos ahora linealidad (del uso a la basura, desperdigada por todo el mundo).

Los problemas que tenemos en la actualidad son precisamente porque nuestro sistema económico es defectuoso, por lo que la idea de cambiarlo es para contar con uno que no genere problemas desde el principio, para no emplear tiempo y recursos en solucionar lo que el sistema lineal provoca. La naturaleza lo ha hecho con la vida de manera sostenible durante 3.800 millones de años, aprendiendo qué funciona, qué dura y qué es apropiado, también a vivir en colaboración con la Tierra, con millones de estrategias distintas; por lo que la biomímesis, es decir, imitando a la naturaleza podemos afrontar y solucionar muchas cosas, desde el suministro energético al control de bacterias para nuestra salud, pasando por edificios con “poros” -como la piel- para regular la temperatura o construidos (hasta una altura de nueve pisos) con botellas de plástico, como ha hecho Arthur Guang en la ciudad china de Taipéi. Es decir, ejemplos que demuestran que la economía circular es posible, desde lo más pequeño a lo más grande; desde un ecosistema o un sistema económico.

Una economía regenerativa, además, haría caer casi un 40% los gases de efecto invernadero

Mientras que nosotros creamos 2.000 compuestos químicos cada año, más de la mitad del mundo natural está hecho con solo 2: celulosa y quitina; siendo todo lo demás rediseño y conseguir distintas propiedades. La celulosa es el material más abundante en el mundo vegetal y la quitina en el mundo animal, pues forma los exoesqueletos de crustáceos, cangrejos, escarabajos, alas de mariposa, el plumaje de las aves, las escamas del pangolín -único animal terrestre con escamas-, también está en hongos y en nuestro cabello y uñas. Con estos dos compuestos químicos, todo lo demás en la naturaleza son diseños inteligentes y sin residuos, haciendo así posible la biodiversidad correspondiente (millones de especies). De tal manera que, mientras la vida parece decir “utilicemos el mismo material y hagamos rediseños”, esto es, construye a medida sin producir residuos; en cambio, nosotros esquilmamos el planeta para seguir produciendo.

La esencia de los sistemas vivos es que son regenerativos y la clave de la regeneración es que se lleva a cabo de manera continua. Una economía regenerativa, además, haría caer casi un 40% los gases de efecto invernadero. Construir a medida, la biomímesis, los ciclos dentro de los ciclos, el objetivo de cero residuos, la homeostasis biológica del medio ambiente global, la circularidad, todo esto no tiene término o fin, pero nuestro modelo económico y de vida actuales sí.