Análisis de la ola de incendios: «Desde Maceda a Chandrexa de Queixa hay una autopista de matorral»

El profesor de Ingeniería Forestal de la Universidade de Vigo, Juan Picos, señala que la "tendencia climática" y la cantidad de "combustible" presente en el monte provoca estos incendios "catastróficos"

Mirador de Chandrexa de Queixa con columpio y vistas hacia el Macizo Central gallego, a 11 de agosto de 2025, en Chandrexa de Queixa, Ourense, Galicia (España). - Rosa Veiga - Europa Press

Mirador de Chandrexa de Queixa con columpio y vistas hacia el Macizo Central gallego, a 11 de agosto de 2025, en Chandrexa de Queixa, Ourense, Galicia (España). – Rosa Veiga – Europa Press

Galicia ha sufrido este verano la peor ola de incendios del último siglo en cuanto superficie quemada. Con casi 100.000 hectáreas calcinadas, el fuego ha arrasado más territorio que en el peor año de Alberto Núñez Feijóo, cuando en 2017 fallecieron cuatro personas a causa de las llamas, y más que en el 2005, cuando los incendios afectaron a casi 96.000 hectáreas.

Después de cada crisis, la Xunta diseñó paquetes de medidas encaminadas a prevenir que se repitieran, pero la evolución del sistema de prevención va de la mano con la evolución de los propios incendios, que encuentran en el abandono del territorio y en el calentamiento de las temperaturas el combustible para intensificar su virulencia.

Juan Picos, profesor de Ingeniería Forestal de la Universidade de Vigo, ve clave «intervenir» y «prevenir» con una vegetación «más verde», «más sana» y «discontinua». «No puede ser que desde Maceda hasta Chandrexa de Queixa haya toda una autopista de matorral sin una discontinuidad que ayude a controlar un incendio«, ha explicado en declaraciones a Europa Press.

El experto, uno de los mejores conocedores del monte gallego, apunta que «se puede recurrir a la agricultura», la «ganadería» y, especialmente, a «trabajos de prevención» para mejorar la situación. «Eso es lo que tenemos que decidir, cuánto de esto podemos hacer y cómo hacemos que sea más eficaz, es parte de lo que tenemos que aprender de estos incendios», ha indicado.

Pastorear el fuego

Picos está convencido de la necesidad de un «cambio de paradigma» en la prevención de incendios, con iniciativas como «lo que los investigadores llaman pastorear el fuego». Una idea que pasa por aprovechar el invierno para realizar quemas controladas de baja intensidad en el monte con el fin de evitar que se conviertan en incendios «catastróficos» en verano al ser incontrolables. «Si de aquí no salimos sabiendo más que antes entonces habrá sido un sacrificio en balde», ha lamentado.

Según ha recalcado, ha sido la colisión de dos realidades, la «tendencia climática» y la «cantidad de combustible disponible» la que ha contribuido al desarrollo de «incendios catastróficos». «El cambio climático cocina los ingredientes que le ponemos en un territorio«.

Los ingredientes del bosque gallego

Explica que «la vegetación son los ingredientes», pero «el cambio climático los cocina» y «los prepara para el incendio». Una realidad que ya avanzaba la Aemet al alertar de que «no hay precedentes» de un 1 al 20 de agosto «tan cálidos como en 2025», temperaturas que, combinadas con una biomasa «disponible para arder», se convierten en elementos «perfectos» para «alimentar» las llamas.

Picos traslada que, después de un 2024 con alrededor de «2.600 hectáreas calcinadas» y un 2025 en el que «uno solo de estos incendios» ha supuesto la quema de «26.000 hectáreas», ha sido «esta ola de calor» y «estas humedades bajas» las que han puesto «todo el combustible listo para ser ardido». «La vegetación estaba más o menos toda, ha habido casi la misma progresión de accidentes y la misma progresión de incendiarios, la diferencia este año claramente ha sido climatológica», recalca.

Un sistema sobrepasado

Con brigadistas y vecinos que perciben la «sensación de ver toda una ladera arder como si de una ola se tratase», Juan Picos explica que Galicia ha experimentado fuegos de «comportamiento extremo». Un comportamiento que se basa, destaca, en una serie de factores clave: la «velocidad de propagación», la «intensidad» y los «efectos que pueden generar cambios en su conducta».

Explica que cuanto «más alta» sea esa velocidad de propagación «más difícil» será «enfrentarse al incendio». A la velocidad, dice, se suma la intensidad, es decir, «cuánta energía o calor está desarrollando el incendio». «A veces hay demasiada energía como para que maquinaria y medios puedan atacar directamente el fuego«, añade.

Incendios extremos

Además de los factores anteriores, los medios deben valorar las «turbulencias» o «comportamientos erráticos» de las llamas. «Si es un fuego que avanza hacia la derecha, hacia la izquierda, que hace remolinos, que genera nubes y me lanza focos secundarios es mucho más difícil de predecir», explica.

También el viento, recuerda, puede actuar como «impulso» y «meter oxígeno» al fuego. «Es como estar dándole con un fuelle a la chimenea», aclara. Aunque en algunos casos, dice, «muchos vientos son causados por los propios incendios» que «acaban generando convección». «Es muy importante asumir que estos incendios han tenido durante mucho tiempo comportamientos muy extremos, es decir, han sido incendios que han sobrepasado la capacidad de enfrentarnos a ellos con seguridad y que han generado muchos problemas para el dispositivo», señala.

Fragmentación de los medios

Recuerda que en Galicia y, en concreto, en la provincia de Ourense la «simultaneidad» de focos ha provocado una «fragmentación de los medios». «Eso supone tener menos fuerza en cada incendio, información más confusa, brigadas cada vez más cansadas y fuegos cada vez más grandes«, aclara. «Cuando hemos tenido que enfrentarnos a un incendio que ha durado un día en comparación a incendios que han durado 12 días, la complejidad no es 12 veces más, es casi elevado a 12», ha señalado.

Un cúmulo de circunstancias que «se va completando de manera exponencial». «Funciona como una mancha de aceite, todos los incendios empiezan pequeños, pero cada hora que pasa van aumentando de tamaño y cada vez se hace más difícil controlar su perímetro para evitar que avancen», añade.

Si esto fuera una guerra

Un perímetro que no sólo controlan los que «combaten las llamas», sino también la Unidad de Análisis. «Si esto fuera una guerra, alguien tiene que estar con los binoculares en un sitio alto mirando qué hace el enemigo, esa es la Unidad de Análisis en un incendio», explica. Picos aclara que esta unidad se ocupa de «vigilar y analizar» el comportamiento del fuego y «hacer las estrategias y técnicas convenientes». «Saber valorar si ahí hay que hacer un cortafuegos, si por aquí hay que pasar con la máquina o si se necesitará una motobomba para evitar que el fuego cruce una carretera», recalca.

Se trata de una unidad «clave» para hacer frente a un «elemento vivo» como es el fuego. «El comportamiento no es homogéneo entre incendios, ni en el mismo incendio en un momento dado, ni en el mismo incendio durante varios días, por eso alguien tiene que ir intentando predecirlo», incide Juan Picos. «Tienes, primero, que hacer que tu gente trabaje con seguridad en sitios donde ellos tienen vías de escape y, segundo, que su trabajo sea eficaz», ha añadido.

Curarse del fuego

Después de semanas de incendios, Picos incide en que ahora toca «entender las cosas» y «actuar en función del efecto que haya tenido el fuego en cada zona». «No puede ser cerramos la carpeta y a la siguiente cosa», añade. Explica que «en algunos sitios», la vegetación podrá «recuperarse naturalmente», y en otros «habrá que ayudar en esa recuperación». Alerta, además, de que, ante la posibilidad de lluvias, Galicia podría enfrentarse a continuación a «problemas de arrastre» de ceniza o, incluso, de terreno. «La vegetación cumple un papel básico de retención de suelo, una vez que esta vegetación se quema, tanto cenizas como tierra son susceptibles de ser arrastradas a ríos y generar problemas ecológicos», ha indicado.

Aclara que «ya se están haciendo evaluaciones» para emprender «labores preparatorias» o «estabilizadoras en algunas áreas». «En algún momento sabemos que lloverá fuerte, y en ese periodo todavía la vegetación no se habrá recuperado», advierte. Para ello, dice, es necesario «localizar las áreas más severamente afectadas» y recurrir a medios como «paja», «astilla» o «troncos cruzados» que «eviten que el agua se acelere mucho». «No se puede hacer en 90.000 o en 100.000 hectáreas, pero si encontramos cuáles son las que están peor, entonces ahí estamos empezando a poder actuar», concluye.

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