¿A qué nos asociamos?

Aquello que nos hace sentir identificados y asociados, pertenecientes a entidades más allá de nosotros mismos, está cambiando y renovándose

personas transitando por un paso de peatones

Hay periodos que se caracterizan sobre todo porque lo acostumbrado, lo tradicional o lo que venía siendo habitual, común y corriente deja de tener vigencia, pierde su poder de unión o nexo, como cuando un pegamento o la silicona ya no produce el efecto para el que fueron aplicados. Así nos está pasando y ha pasado socialmente, ya que el cambio y/o la evolución inexorablemente afecta a todo: desde culturas y civilizaciones o imperios hasta nuestra propia vida, de infantes a adolescentes, pasando por adultos y ancianos. Y en este proceso también se enmarca nuestra actualidad, caracterizada por varias crisis, como ha sido las recientemente vividas con la pandemia, con la banca, el cambio climático, la política de guerras o el éxodo migratorio por múltiples causas.

El efecto de todo ello es que lo que nos ha unido deja de hacerlo. Hay desunión y estamos inmersos en un proceso de varias desafecciones. Esto es, que aquello que nos hace sentir identificados y asociados, pertenecientes a entidades más allá de nosotros mismos, está cambiando y renovándose. Lo que no justifica ni conlleva aferrarse a los pasados valores, creencias, tradiciones, símbolos y demás hechos, desde económicos a patrióticos; para reivindicarlos y empeñarse en que vuelvan a tener vigencia, como antes, cuando unían, no había crisis y/o estábamos mejor. Así no funciona la innovación, que es uno de los motores de la propia evolución.

Las nacionalidades y Estados están perdiendo ese sentido de identidad, con una sociedad cada vez más global, donde las fronteras se perciben cada vez más anticuadas e impostadas

Por ejemplo, desde hace tiempo que las religiones, sobre todo las más antiguas, han dejado de unir, que era su cometido principal, según expuso muy bien el sociobiólogo Edward O. Wilson. También las nacionalidades y Estados están perdiendo ese sentido de identidad, con una sociedad cada vez más global, donde las fronteras se perciben cada vez más anticuadas e impostadas. Por no hablar de los partidos, sindicatos, monarquías, la justicia y otras instituciones que también están experimentando este mismo proceso. Y, como se suele decir, «de ahí para abajo», puesto que ya ni en el fútbol o los llamados deportes de masas, los iconos musicales o de otro tipo, así como grupos, peñas y clubes de lo que sean (desde moteros a taurinos) se «comulga» igual que antes.

Incluso adscripciones tradicionales como la familia tampoco están exentas de este tipo de variaciones, con voces que ya se atreven a cuestionar el papel protagonista de esta institución y la convierten en «una amenaza», como ha manifestado recientemente la escritora Sara Mesa con motivo de la publicación de su último libro, titulado precisamente La familia. O como también ha escrito Irene Vallejo en «Verdades como puños», uno de sus últimos artículos: «El amor y la familia son melodramas donde nos tragamos las palabras para salvar los lazos y los afectos». Algo parecido a lo que podría aplicarse a las relaciones personales, incluidas las sexuales, donde lo virtual, más cómodo y accesible, está reemplazando a lo real, más engorroso y costoso, tanto económica como emocionalmente.

Respondiendo igualmente a este síntoma y panorama hasta el mismísimo trabajo, cada vez más cuestionado tal y como estamos acostumbrados. No solo por la digitalización del mismo y lo que está conllevando (deslocalización, nuevas técnicas y habilidades, etcétera); sino porque también está decayendo el compromiso laboral y de pertenencia en muchas compañías y sectores. Mientras que se está dando importancia a la conciliación de la vida personal y la profesional; así como al desarrollo propio frente al puesto o salario. De hecho, ya hay un fenómeno que se conoce como la «Gran Renuncia» (Great Resignation), para describir el abandono voluntario masivo laboral que se está produciendo en los EE.UU.

Según el Departamento de Trabajo de este país, donde la cuarta parte (25%) de la población activa manifiesta estar laboralmente quemada («síndrome burnout»), solo en el segundo trimestre del año pasado hubo 11,5 millones de trabajadores que renunciaron a sus empleos, lo que supone que el 2,6% de esta población activa está cambiando de trabajo, algo que en 2010 solo hacía el 1,2%, menos de la mitad; mientras que un estudio de Microsoft dice que el 41% de los trabajadores estadounidenses está considerando dejar su trabajo y una encuesta de Gallup lo sube al 48%. Algo que también se puede constatar en Europa, donde el 10% de los trabajadores alemanes y franceses, uno de cada diez, ha tenido algún tipo de problema psicológico debido a su actividad laboral.

Sin faltar tampoco a esta «muda de piel sociológica» la educación, más propiamente hablando la formación, que ya no funciona en la llamada «movilidad (ascenso) social». Incluso dándose la paradoja de que, con el mayor nivel curricular alcanzado por generación alguna hasta ahora, en cambio, los jóvenes viven hoy peor que sus padres y ello tampoco ha conducido a la disminución de la desigualdad por clase social en España, según la investigación publicada recientemente por María Fernández Mellizo-Soto, profesora de Sociología de la Universidad Complutense.

Nos hayamos en pleno periodo de desafecciones, debido a que las ligazones sociales han dejado de funcionar

Y por lo que respecta a la economía, otra de las grandes referencias comunes, como señala Yuval N. Harari, solo hace falta repetir el dato de que el 1% tenga tanto como el 99% de la población, para desechar el resultado de esta actividad humana tal y como la estamos llevando a cabo.

En definitiva, nos hayamos en pleno periodo de desafecciones, debido a que las ligazones sociales han dejado de funcionar, sobre todo por estar obsoletas y haber caducado su efectividad, tal y como están hechas y planteadas. Lo que es aprovechado por los oportunistas, también llamados populistas en el ámbito de la política; pues si la unión se dice que hace la fuerza, la desunión nos debilita y es cuando surgen estas figuras, presentándose como líderes fuertes, aunque sean los más antisociales, auténticos disolventes de la cohesión y espíritu comunitarios, pero que la gente todavía «asocia» como «tabla de salvación» para ver si pueden «atar» algo, aunque sea por las malas (parece que todavía no ha servido de mal ejemplo y escarmiento lo hecho por los absolutismos una y otra vez).

La cuestión es que, en lugar de temer y/o añorar anteriores estados de mayor unión y afección sociales, lo que deberíamos hacer es buscar, proponer, probar y experimentar nuevas referencias en cuanto a factores de pertenencia o de «comunalidad», término con el que se está denominando en los países nórdicos la convivencia basada en la confianza. Como vengo diciendo en esta sección, también sería bueno que recuperásemos nuestros vínculos con la naturaleza, tal y como propone Karen Armstrong, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017, en su último libro: «regresar a la empatía con el planeta», nos dice esta ex-monja, conocedora del hecho religioso y de sus distintas manifestaciones.

Con ello no estoy diciendo que haya que volver atrás, a tiempos pasados, donde –por caso– el animismo presidía nuestras creencias. No estoy hablando de adorar nada, sino que me refiero a dejar las artificialidades con las que nos hemos dotado como nexo y recobrar lo natural como más válido, duradero y fiable a este respecto y cometido. Se trata de conocer, convivir, respetar y entendernos con nuestro entorno, como por ejemplo está haciendo la biomímesis, obteniendo resultados espectaculares en todo orden de cosas y asuntos, desde seguridad a soluciones en materia de construcción, etcétera. De hecho, esta sección de opinión la empecé con un artículo sobre cómo unos pajaritos, de la especie zorzalito rojizo, eran capaces de predecir los huracanes tropicales con mejor precisión y antelación que todos nuestros satélites y sabiduría meteorológica juntos; mientras que en otro artículo «envidiaba» a las plantas por su sistema tan económico, ecológico y eficaz de mantenimiento y vida, del que tendríamos mucho que aprender. De eso se trata, de desafectarse de construcciones socioculturales artificiales y espurias y asociarse a lo que la naturaleza nos viene ofreciendo desde siempre.