Erupciones lábicas

Lo que en las facultades de periodismo estudiábamos bajo el epígrafe de desinformación circula ahora en múltiples y atomizados formatos y canales a modo de magma embarullado

El empresario Amancio Ortega y su hija Marta Ortega a su llegada a la trigésimo octava edición del Concurso Internacional de Saltos de Casas Novas. EFE/Cabalar

El empresario Amancio Ortega y su hija Marta Ortega a su llegada a la trigésimo octava edición del Concurso Internacional de Saltos de Casas Novas. EFE/Cabalar

Lábicas, con b, sí. De labios. Las erupciones lávicas, con v, las sufren y las van a seguir sufriendo, los habitantes de La Palma, por más que el paso del tiempo vaya relegando la información volcánica a segundo y tercer plano.

Las erupciones lábicas (con b) también las sufrimos y sufriremos, me temo. La sobreabundancia de medios que facilita el entorno digital ha abierto el escenario al número y procedencia de los actores mediáticos. Eso es positivo. Pero también ha incrementado el ruido y la difusión acrítica, sin matices ni contexto, de un surtido variado de simplezas, ocurrencias, falsedades, frivolidades y cháchara de patio vecinal. Erupciones lábicas que se viralizan mezcladas y confundidas con todo tipo de memes y similares y se convierten en consumibles de usar y tirar, tan de nuestro tiempo.

Como si un empresario tuviera que abrir un concurso público para determinar a quién pone al timón de su empresa

Lo que en las facultades de periodismo estudiábamos bajo el epígrafe de desinformación circula ahora en múltiples y atomizados formatos y canales a modo de magma embarullado. Un todo-mix que, sin control, se cuela por medios y redes sociales y va dejando sus muescas en la percepción que el personal tiene de lo que pasa a su alrededor y, por tanto, en la configuración de su pensamiento, de su criterio. De su ideología, que dirían los clásicos.

Los cambios relevantes en Inditex –una empresa más familiar de lo que parecía, como hemos ido comprobando– han llevado a algunos (y algunas) a abrir debate mediático y redil (de redes) sobre la meritocracia en España. Casi nada. Como si un empresario o empresaria tuviera que abrir un concurso público para determinar a quién pone al timón de su empresa o a quién le dejará el negocio en el futuro. Uno no sabe si es izquierdismo infantil, ignorancia (confundir lo privado con lo público) o simple y comprensible envidia.

En todo caso, demagogia de todo a cien que desenfoca la agenda del debate público empujándolo, mediante erupciones lábicas, al terreno de la superficialidad, la simplificación tuitera o la estéril y aborrecible cháchara social/política, vacía de contenido.

Federico Cocho